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Para querer a Martí

Para querer a Martí

Martí debía estar en medio de la clase, o mejor, al frente, a la diestra del maestro que enseña las letras y los números a los chicos.

Esquina, rincón, mural, son símbolos de olvido y rutina: nadie dobla esquinas sin prisa, nadie visita rincones, y los murales, dejaron de informar hace mucho tiempo, sustituidos por los avances tecnológicos del hombre.

Honor a Raúl Ferrer que en su poema, "Romance de la niña mala", supo situar a Martí en mitad del aula, donde niñas y niños le llevaban flores; y es que rescatar a Martí del rincón no fue nada fácil. Cientos de jóvenes tuvieron que morir en este país, para que las ideas del Apóstol de nuestra independencia no fueran relegadas, o peor, empleadas por políticos corruptos, de estómagos duros, capaces de hablar de independencia y a la par, lamer, a los Yankis, las botas.

Cuanto tirano hubo en esta tierra, secuestró a Martí en su beneficio. Solo los hombres buenos, los inconformes, cerraron filas y levantaron un murallón de amor y dignidad alrededor del José Martí que no convenía a los apóstatas.

El tiempo pasa y, por esos condicionamientos del ser humano, no reclamamos sus enseñanzas como debíamos. En estos años difíciles, su pensamiento es tan vital, tan joven, que de invocarlo en cada acto de nuestras vidas, las fuerzas brotarían, resurge el optimismo y el camino, se allana.

Los niños y jóvenes de hoy conocen poco de Martí, y es una verdad más grande que un templo que los maestros, debían leer más sobre su vida. Solo sus versos son ocasión en matutinos y, "La Edad de Oro" es, casi, el único título que resuena en los pasillos, repetido incluso, por los que no lo leen. ¡Tanta riqueza desaprovechada!

Nuestras escuelas están llamadas, ¡Pero ya!, a rescatar desde lo más profundo la esencia humana del Hombre que continúa dándonos lecciones. No se trata de imaginarlo en las estrellas, que los simples mortales jamás alcanzarán; sino de propalarlo en su dimensión de patriota, amigo, hermano, para que sus enseñanzas calen en el corazón de las generaciones presentes, en verdad necesitadas de enormes bocanadas de espíritu.

Urge eliminar en cada aula la palabra, rincón, con que acompañamos los tesoros gráficos que hablan de la obra martiana. Hay que salvar, ¡de prisa!, esa proyección, ese dulce misterio, para situarlo en mitad del aula, regalarle flores y consultarlo en cada éxito, en cada fracaso, de modo que la vergüenza nos adecue la marcha en pos de los sueños por los que entregó su vida.

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