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De las raíces del árbol

De las raíces del árbol

Vivo al pie de una ceiba- God tree- incluso así reconocida en los países del Caribe anglófono. Gigante vegetal con casi doscientos años, imponente fuste que sube a los cielos y extiende su copa verde- oscura sobre tres viviendas, y un poco más; sombra fresca, oxígeno vivificante que, si observo bien, veo fluir, de tanta energía que irradia mi árbol.

Muchos preguntan por los ciclones y la ceiba, y yo, sonrío y digo que, todo bien, y más: que si no fuera por ella, hubiésemos sufrido mucho más. Vientos huracanados entre sus ramas poderosas, hojas lanzadas con la furia de un cometa, árbol que se comba y resiste.

Tronco poderoso, flexible, dueño de leyendas urbanas, motivo de ofrendas que, sin las poderosas raíces que lo sustentan, poco podría hacer, como no fuera caer arrastrado por los vendavales o los vientos ridículos de lluvias anunciadas. El secreto de la ceiba que cobija mi morada está en sus raíces, más poderosas que el tronco, allá en las entrañas de la tierra, entre los humedales del suelo, donde, animales y plantas compiten con sus esfuerzos sostenedores, incluso, donde herramientas y aceros talan, cortan, penetran- despiadados- para suplir necesidades inciertas.

Cuentan que la raíz principal de la ceiba es un poco más que el mástil del tronco; pivote central que reta al movimiento, ancla profunda que asegura la nave. Las benévolas raíces laterales se extienden decenas de metros. No dañan las viviendas, no levantan los pisos, no destruyen cimientos, pero sostienen.

La vida humana organizada en sociedad debía transcurrir como la misma existencia de la ceiba que me cobija.  No puede haber sociedad que aspire reverdecer, erigirse poderosa, próspera, sin no destina el esfuerzo supremo a las raíces que, definitivamente, la sostienen. Dígase comunidad, pequeño barrio, Alberto, Eugenia y ya se habla de raíces. Muchos encumbran el pensamiento que engloba las grandes estrategias, en verdad, necesarias, pero olvidan que, en la particularidad que subyace entre la hojarasca está la clave para materializar las supremas ideas.

Hay una contradicción, descubrimiento de estos tiempos, estrategia antigua que llevó al emperador romano, Adriano, a retirarse y construir un muro que, por cierto, terminó derrotándolo: ideas que ponderan la particularidad, la base, de repente, dejan de funcionar. Recursos que escasean, escenarios desfavorables, si, pero también, la desestimación del potencial de las raíces. No hay límites a la capacidad humana para imponerse, si de la mano de tal poder se sitúa el estímulo moral que no ha de abandonar a los que permanecen al pie del cañón, torsos desnudos, proyectiles en mano.  Aunque la pieza haya sido dañada por la metralla, ellos encontrarán la forma de hacerla funcionar, apuntarla al enemigo, y disparar. Solo que, no hay que abandonarlos.

Entre las fábulas de Esopo hay una que ha marcado esta forma de pensar. Contaba el Griego que, un día, los brazos sintieron celos del estómago. "Recibe los mejores vinos, los más deliciosos manjares y no trabaja; en cambio nosotros hacemos las labores difíciles, protegemos, plantamos y nadie nos obsequia".  Así pensaban por lo que decidieron asesinarlo. Esperaron la llegada de la noche y lo apuñalaron. Una hora después, los brazos habían muerto.

Nadie puede sobrevivir sin la sinergia que nos hace mecanismos;  los árboles sin raíces no darían flores y frutos, el hombre sin la mujer- y viceversa- no perpetuaría el género humano, la vida se extinguiría sin los molestos insectos, las plagas nos destruirían sin criaturas como el sapo y la rana,  y la sociedad fracasará irremediablemente si, empeñada en las grandes ideas,  relega los pequeños proyectos,  estímulos de la minoría- mayoría, motores subestimados, sin los cuales, la gran maquinaria no es más que una mole de ruedas dentadas y aceros oxidados.

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